sábado, 9 de junio de 2007

Escibir: una forma liberadora de expresar sentimientos

Escribir es una forma liberadora y agradable de expresar cosas que al trascender en el tiempo, dan la oportunidad de compartirlas con más gente. Al escribir no estamos tratando de sintonizarnos con el estado de ánimo de un interlocutor para así escoger las palabras y el tono de voz que suponemos adecuado para lograr una mejor recepción del mensaje, como indica la costumbre humana y que se refleja en un comportamiento aprendido de generación en generación y que ejecutamos sin darnos cuenta, ya sea para manipular (primera habilidad adquirida para sobrevivir) o simplemente intercambiar información.

Se me dio por escribir algo diferente a los apuntes del estudio, darle vida y expresión o “mejorar” alguna pared (nunca en el baño, me parecía de muy mal gusto ese lenguaje vulgar) precisamente en cartas dirigidas a mujeres que lograron despertar en mi el temor suficiente como para carecer del valor de abrirles el corazón personalmente, cosa que no ocurre muy seguido. En otras palabras en medio de una traga.

La primera vez, resulto muy bien, se trataba de una declaración de amor que citaba la letra de una canción romántica de los años ochenta, muy cursi por cierto, pero en ese momento a mis escasos 13 años frente a mi máquina de escribir azul me sentía García Marquez. ¡ Estaba enamorado ! o por lo menos eso creía y sentía, especialmente en mi respiración. Yo siempre he relacionado el amor con esa dificultad para respirar que genera un terrible ataque de ansiedad por querer y no poder estar con esa persona todo el tiempo, pero también por estar a su lado. La responsable de estas inéditas sensaciones era una hermosa chica de sexto grado, que apareció cuando yo cursaba noveno. Hacía parte de un grupo de niñas que llegaron a terminar con la paz que se respiraba en el colegio hasta ese día de enero de 1.988.

Para ese entonces los mayores intereses entre los varones eran el fútbol, el trompo y la bolita uñita. Pero todo cambió y nada volvió a ser como antes. Las chicas desplazaron en el orden de prioridad a todos los demás temas, ya no se hablaba de otra cosa, los más “avezados” en el asunto, seguramente porque escuchaban mas historias de primos o tíos, hablaban de técnicas para conquistar, pero lo hacían en primera persona, porque eso daba caché. Yo era el menor del curso y en la adolescencia es cuando pesa esa diferencia, porque si tienes dos o tres años menos que alguien estamos hablando de un veinte por ciento, que equivale a diez años en la vejez. Y en la adolescencia estos pocos años se traducen en pelos. Pelos en el pecho, en el bigote o en cualquier otra parte que marcan la diferencia entre el niño y el hombre; como decían los adultos: “un hombre de pelo en pecho y remolino en el culo”.

El caso es que para esa época, ser un varón virgen no era precisamente algo de lo cual sentirse orgulloso y todos posábamos de expertos, cuando la realidad era que estábamos “chicaneando” . Un día por fin me decidí a expresarle mis sentimientos a Ingrid, la chica que más me impactó y le escribí una carta a máquina, porque mi letra era (y sigue siendo) horrorosa. No recuerdo con claridad lo que escribí, pero describía lo que sentía cuando la veía, que me parecía linda, en pocas palabras que quería ser su novio. Debí quedarme con una copia, me encantaría saber de qué fui capaz en aquel arrebato sentimental. Ese fue el primer paso, luego venía uno más difícil…como se la entrego sin morir en el intento. Afortunadamente, para la época ya existían los llamados “segunderos” y tenía a los mejores: Willington, un gran amigo al que también le gustaba Ingrid y Tania, un amiga a quien yo le gustaba. Como no se habían aventurado a decirlo, supuestamente nadie sabía nada. Y después de enfrentar el miedo y la vacilación, le entregué la carta a Willington, quien a pesar de mis dudas al respecto, la entregó. Y cual sería mi sorpresa cuando recibo un mensaje tan contundente a vuelta de correo: “nos vemos a la salida y hablamos camino a mi casa”.

Cuando uno envía una carta en medio de tantas dudas, a veces prefiere no ser correspondido o que se pierda en el camino…no se, el caso es que estaba peor que antes de atreverme, no tenía un plan b, lo único que pensaba era: ¡ miércoles ! ¿ y ahora ?. Yo no había sido capaz de enfrentarla personalmente y ella si, eso me dejaba en claro quien tenía el control y no era yo. Pero ya no había marcha atrás, si lo hacía me convertiría en el hazme reír del colegio (cuyos miembros ya estaban enterados de mi arrojo) por el resto de mi vida y la espere a la salida con mis fieles segunderos, caminamos largo rato y solo recuerdo que me dijo que si, porque estaba tan asustado que la mente me quedó en blanco.

No hay nada parecido a ese sentimiento, eso que llaman “mariposas en el estómago”, una ansiedad infinita que te roba la calma y te impulsa a escribir……..